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Pequeña serenata diurna

Las autoridades de la ciudad invitaron (probablemente por error) al embajador Do Nascimento a asistir en un lugar preferencial al concierto que un insigne cantautor cubano daría en el Zócalo el domingo.

El embajador apenas se recuperaba de los largos interrogatorios en los inhumanos calabozos del aeropuerto Moscú, del vuelo de regreso esposado y de algunas incómodas escenas en Relaciones Exteriores, por no hablar del temible ser humano que se autodenominaba psiquiatra que le tocó en suerte. Pero no pudo rechazar semejante oportunidad, aunque se jugara su libertad. “Lo más terrible se aprende enseguida
y lo hermoso nos cuesta la vida”, se dijo el elegido.

-Luisito, how are you? ¿Cómo ven en Miami la situación en Cuba? ¿Se muere el viejo o no se muere?
Al otro lado de la línea escuchó lo que parecía un mordisco a un sandwich, casi con toda seguridad de pierna.  Luisito era el nombre clave de su contacto en la CIA.
-Bueno, embajador, la verdad que ya son muchos años, chico. Washington ni me llama. No sé nada que no sepas.
-Creo que tengo una chance inigualable de obtener insight, de entrar hasta el fondo en la situation. Voy a ver a Silvio. Y espero pasar un tiempo con la gente de la embajada.

-Ahá.

Otro mordisco.

-Volveré a llamar.

Do Nascimiento sintió toda una explosión de adrenalina en su cerebro. Quedaba blindado en caso de un cambio de régimen. Aparentemente trabajaría para los gringos, pero si lograba estrechar sus lazos con el régimen… Hacía años que tiene puesto el ojo a un terreno en Varadero para una casita, nada ostentoso, no más de mil y cacho de hectáreas. A pocos años de que el régimen de propiedad privada sea una realidad, ¿qué mejor que ir tomando posiciones?

El concierto comenzó algo tibio. Lloviznó. Miles de estudiantes de la UNAM vociferaban (goya, cachúm, cachúm, ra ra, cachúm, cachum, rara, universidad), una sola bandera cubana, silvidos a los del DIF del DF que subieron al escenario a echar su rollo. Cubrió la carta de la lluvia.

Querido Raúl,

Quiero que recibas este mensaje en mano para que tenga, mi querido compañero de         mil batallas (acéptelo como figura retórica, mi comandante), que ante la enfermedad         de su hermano tiene en mí a un amigo, un apoyo para mantener en pie su herencia,             en la que no tengo objeción ninguna en participar. Me refiero, claro, a lo que                     comenzó en el Moncada. ¡Viva Fidel!, ¡Viva Cuba y su revolución socialista! ¡Viva (y         esto es lo más importante) Raúl y sus compañeros!

Un fuerte abrazo del compañero Do Nascimento.

Silvio vestía en jeans y playera negra. A sus años, y este hombre no aprende. Con lentes. El trío Trobarroco y una chiquita linda a la flauta, su señora.

Pese a sus fríos cálculos, embajador sintió que varias veces las lágrimas se le salían. Al escuchar Gaviota recordó sus fantasías de guerrillero revolucionario, cuando se veía a sí mismo con la mirada en el horizonte, como el Che, (y) rodeado de admiradoras. Se recordó vendiendo bonos de la revolución en los pasillos de su universidad, y cómo se escondió al ver a su vecino, hijo de una exiliada cubana, no le fuera a contar a su padre; recordó las horas transcurridas con la guitarra tratando de tocar Ojalá, intento menos riesgoso que la aventura guerrillera para seducir jóvenes revolucionarias. “Qué cosa fuera la maza sin cantera, un amasijo hecho de cuerdas y tendones”. De repente, descubrió que jamás había entendido las letras de estas canciones.

A la salida del camerino, escondido tras la secretaria de Cultura del DF, lo vio salir con una gorra azul.

-Silvio, tengo una carta para Raúl. Tú no te acuerdas de mí, pero somos amigos de siempre.

Un señor muy amable con un cable en la oreja recogió la carta mientras el célebre cantautor daba la espalda a Do Nascimento de forma poco diplomática y saludaba al biznieto de Gervasio.

-Vaya, pero si yo te conocí cuando eras así de chico.

El embajador se alejó por Tacuba silbando que el Unicornio azul se le perdió, con el alma hundida en evocaciones de los tiempos pasados, dibujando mentalmente los planos de su casa en Varadero, pasito a pasito entre la gente, un hombre feliz.

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