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Tive raçao (beijo 2)

Querida Columbina:

Esta costumbre mía de besar en los bares… ¡no soy yo!

Menos aún tú, es cierto. Quiero disculparme. Si tú hubieras hecho lo que yo, yo en tu lugar sí te odiaría. Quiero pedirte perdón, poner pencas de nopal en las rodillas y cruzar Insurgentes sobre ellas hasta donde estés. Me duele algo que no sabía que me podía doler entre el esternon y la columna vertebral sólo de pensar en lo que pasó y en tu cara al vernos tumbados en una butaca, besándonos y acariciándonos. ¡No viste a su novio, que debía estar pasándolo peor que tú a dos butacas de distancia! Nosotros, los de entonces, ya no éramos los mismos nosotros, pero ellos sí.

Haré un recuento aproximado y sin duda patético de lo consumido en el último mes: ocho botellas de ginebra, 200 de agua quina, 17  botellas de vino, 90 litros de agua, tres entradas para el table dance (conocí a una rusa el día en que rompimos a la que ni siquiera besé, pero con la que vi más mujeres desnudas de las que he visto en toda mi vida; todas me quitaban la máscara y me pedían mis pinturas), 30 litros de cerveza, un condón (ella, felliniana y voraz, anunció sobre la playa: “te veo vulnerable, y me voy a aprovechar de ti”), tres botellas de vodka, cuatro cajetllas de marlboro light, una de marlboro rojo (fumé una semana, ya lo dejé, cuando empezaba a llegar a dos cajetillas al día), una sesión de terapia (casi lloré), la colección completa de los discos de Enrique Bunbury (los héroes del silencio deberían ser coherentes y callarse, solía decir yo), nueve cajas de Alka Seltzer, un nuevo juego de pinturas para la cara.

Era una fiesta. Estábamos todos. Giusseppe, Giusseppe, Giusseppe y todos los demás. Música de cámara de lo peor. Muy aburrido, y muy triste, tú a un lado del pasillo, yo al otro. Como ahora, cada día, yo al gimnasio por las mañanas, tú por la tarde, este acuerdo tácito. (Extraño a veces ver tu reflejo en el espejo, esforzándote mecánica, voluntariosa, sonriente)

Ella, Graciela, Daniela, ¿Gabriela? tenía unos dientes inmensos, era antropóloga y me dijo que se iba a Tijuana. No sé más. Bueno, sí, que cuando se besa a una mujer de dientes inmensos hay que cubrir los incisivos superiores con el labio bajo riesgo de que suene “clack” al choque, y se astille uno algo.

G o D se sentaba en la segunda fila, junto al sátiro Froi. Sí, admito que sabía que andabas por ahí, cerca (hablando con un señor, he de mencionar, y no digo más). Ella preguntó que por qué yo bebía gintonic, yo respondí que por Conrad, ella se extraño porque Joseph Conrad era polaco, yo agregué que además no le atinó a un disparo al corazón, y ella que si Lord Jim y yo y sí, la besé, y ella me dijo que era lo más tierno que había visto últimamente porque, claro, su novio dos butacas más allá tenía pinta de muy pocas ternuras.

Sé que huiste en cuanto viste eso suceder ¡en la puerta del tocador de mujers!, lo que no supiste que el teatro se fue vaciando y yo desperté solo con las luces del patio de butacas encendidas. En el vestíbulo del teatro estaban ella y su bestia. Se subieron a una Harley. “Pero qué lindo eres, eres un tierno”, se despidió.

Lo malo de ser Pierrot, debo aclararte para cualquier tipo de pensamiento febril que puedas dedicarme, cada día menos frecuentemente, cada hora más llevadero, es esta manía de todas a acariciarme, a pedirme besos, a llamarme tierno y querer proteger mi vulnerabilidad a golpe de cadera. Yo querría gritar “¡Perra inmunda, te voy a enseñar lo que es bueno!” pero, Columbina, no me sale, agarrarlas del pelo, escupirlas, mostrar lo malísimo que es Pierrot,  nadie lo cree y terminan poniendo mirada dulce, hablándome de lo frágil que parezco, me dan besos y se van, y yo doy besos, y me voy.

Sé que para ti no soy tierno ni vulnerable (al fin), sino un señor que besaba a unos dientes enormes sobre una butaca y, peor aún, que quizá los besó muchas veces antes (eso no: ya habría sabido que hay que cubrir la mandíbula superior contra posibles colisiones).

Pero a ti nunca te llamaría perra inmunda, Columbina.
Lo siento, últimamente todo sale mal.
P.

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